Aunque pueden aparecer en múltiples áreas, existe una tendencia marcada a encontrarlos en regiones específicas. Uno de los sitios más mencionados es la hélice de la oreja, donde el cartílago ofrece un entorno propicio. También son frecuentes alrededor de las articulaciones de los dedos de manos y pies, así como en los codos y en estructuras como las bursas. Su presencia suele ser indolora, pero esto no significa que estén libres de riesgo. La acumulación prolongada de cristales puede generar una erosión progresiva del cartílago y del hueso, alterando la forma de la articulación y limitando su movilidad.
En determinados casos, estos depósitos pueden llegar a abrirse paso hacia la superficie de la piel, creando una zona vulnerable a irritaciones o infecciones. Por eso, pese a que no duelan, es fundamental entenderlos como una señal clara de que el metabolismo del ácido úrico no está siendo controlado adecuadamente.