Sabía que ese día no alcanzaba. Ni globos. Ni invitados. Ni regalos envueltos en papel brillante. Después de horas trabajando en la construcción, aquel padre volvió a casa con una idea sencilla… pero cargada de intención.


Entró sosteniendo una cajita. Dentro, solo había un pedazo de pastel. Una vela. Nada más. Pero también había algo más fuerte que cualquier fiesta: ganas de no dejar pasar el cumpleaños de su hija como si fuera un día cualquiera.

La niña lo vio entrar. Vio sus manos cansadas. Vio ese pequeño postre comprado con lo poco que tenía. Y no preguntó nada. No reclamó. No pidió más. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Corrió hacia él. Y lo abrazó. Fuerte. Como si entendiera todo sin que nadie tuviera que explicarle.

⬇️Para obtener más información , continúe en la página siguiente⬇️

Leave a Comment