Valían mucho más que el dinero y el apartamento que le dejaron a Léa.
En ese momento todo tuvo sentido.
Un último mensaje de amor
. Mi suegra no era de las que demostraban cariño. Rara vez lo hacía. Pero cuando Léa no estaba, a veces me susurraba:
«No te engendré, pero sé que mereces más amor que nadie en esta familia». Esa planta no fue casualidad. Fue una elección deliberada. Una forma silenciosa de agradecer. De reconocer la presencia, la lealtad, el cuidado brindado sin esperar nada a cambio.
Lo que esta historia nos recuerda:
Esta historia no se trata solo de una herencia inesperada. Es una lección sobre el verdadero valor de las cosas. El amor verdadero no siempre se expresa con palabras ni gestos espectaculares. A veces se esconde, se protege, se confía a quienes supieron quedarse cuando otros decidieron irse.
Y a veces, una simple planta revela una verdad que el dinero por sí solo nunca podría expresar.