No heredé nada más que una vieja planta: la verdad que contenía lo cambió todo.

Una herencia insignificante… aparentemente.

El día de la lectura del testamento, Léa llegó vestida de negro, tranquila y segura de sí misma. Lo heredó todo: el apartamento, los ahorros, las joyas, los muebles. Entonces el abogado se dirigió a mí.

Él sólo me dio una cosa:

Una maceta vieja.

Sin dinero. Sin objetos de valor. Solo esa planta que siempre había estado allí, silenciosa, en un rincón de la habitación. Sorprendentemente, no sentí rabia ni injusticia. La había cuidado durante años, regándola, podándola, a veces hablándole cuando la soledad se volvía insoportable. Era prácticamente parte de mi vida.

Léa, sin embargo, no pudo resistirse a burlarse de mí.

Ella te usó. La cuidaste gratis durante años, y esto es lo que obtienes. Espero que esto te enseñe una lección.

Me fui sin responder.

La llamada que lo cambió todo.
A la mañana siguiente, mi teléfono no paraba de vibrar. Era Léa. Llorando. Presa del pánico.

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