Mi marido me prohibió entrar al garaje, pero allí encontré un secreto que había estado ocultando toda su vida.

Me llamo Rosemary. Tengo 78 años. Henry y yo llevamos casados ​​casi 60 años.

Nos conocimos en química en el instituto porque nuestros apellidos coincidían. Me hacía reír. Nos casamos a los 20, trabajamos en la misma fábrica, criamos cuatro hijos y ahora tenemos nietos y un bisnieto.

Todas las noches sigue diciendo: «Te quiero, Rosie». Sabe cómo tomo el té. Se da cuenta cuando me quedo callada.

Henry tuvo una regla durante décadas:
“No entres en mi garaje”.

El garaje era su espacio: jazz nocturno, olor a disolvente, la puerta a veces cerrada. Lo respetaba. Después de 60 años, uno aprende que cada uno necesita su propio rincón.

Pero últimamente, algo se sentía diferente. Me miraba con preocupación, no con romanticismo.

Una tarde se dejó los guantes. Supuse que estaba en el garaje y fui a dárselos. La puerta estaba entreabierta. Había polvo flotando en la luz.

Dentro, cada pared estaba cubierta de retratos de mujeres: riendo, llorando, durmiendo, envejeciendo. En las esquinas había fechas. Algunas eran del futuro.

Bajé una. “¿Quién es ella?”

Henry se paró detrás de mí. «Te pedí que no entraras».

“¿Quién es esta mujer?”

Tragó saliva. «Pinto para retener el tiempo».

Salí temblando.

Días después, lo vi sacar dinero de la caja fuerte y salir con su chaqueta buena. Lo seguí. Fue a una clínica neurológica privada.

Desde el pasillo escuché al médico decir: “Su condición está progresando más rápido de lo esperado”.

-¿Cuánto tiempo? -preguntó Henry.

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