Mi esposa me abandonó con nuestras gemelas ciegas recién nacidas; 18 años después, regresó con UNA SOLA exigencia.

«Se supone que eres un hombre

ganando mucho dinero,

construyendo un imperio».

Se me puso rígida la mandíbula, pero me negué a darle la satisfacción de una respuesta.

Emma y Clara se habían congelado ante sus máquinas de coser, con las manos inmóviles sobre la tela. No podían verla, pero oían el veneno en su voz.

«¿Quién está ahí, papá?», preguntó Clara en voz baja.

Tomé aire, intentando mantener la voz firme. «Es tu… madre».

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Lauren se adentró en la habitación, con sus tacones chasqueando contra nuestro desgastado suelo.

No podían verla,

pero podían oír el veneno

en su voz.

«¡Chicas!», dijo, con una voz repentinamente dulce como el almíbar. «Mírate. Sois tan mayores».

El rostro de Emma permaneció inexpresivo. «No podemos ver, ¿recuerdas? Somos ciegas. ¿No es por eso por lo que nos dejaste?».

La brusquedad hizo vacilar a Lauren durante un segundo. «Por supuesto», se recuperó rápidamente. «Quería decir… que has crecido mucho. He pensado en ti todos los días».

«Qué raro», dijo Clara, con la voz helada. «No hemos pensado en ti en absoluto».

Nunca había estado más orgulloso de mis hijas.

Lauren se aclaró la garganta, claramente desconcertada por su hostilidad. «He vuelto por una razón. Tengo algo para vosotras».

«Somos ciegas.

¿No nos dejaste por eso?»

Sacó dos bolsas de ropa de detrás de ella y las depositó con cuidado sobre nuestro sofá. Luego sacó un sobre grueso, de los que hacen ruido al golpear una superficie.

Se me oprimió el pecho al verla montar esta pequeña representación.

«Son vestidos de diseñador», -dijo, abriendo la cremallera de una bolsa y dejando ver una tela cara-. «Del tipo que vosotras nunca os podríais permitir. Y aquí también hay dinero. Suficiente para cambiar vuestras vidas».

Las manos de Emma encontraron las de Clara y se estrecharon.

«¿Por qué?», pregunté, con voz áspera. «¿Por qué ahora? ¿Después de dieciocho años?».

«¿Por qué ahora?

¿Después de dieciocho años?»

Lauren sonrió, pero no le llegó a los ojos. «Porque quiero recuperar a mis hijas. Quiero darles la vida que se merecen».

Sacó un documento doblado y lo colocó encima del sobre. «Pero hay una condición».

De repente, la habitación pareció más pequeña, como si las paredes se estuvieran cerrando.

«¿Qué condición?», preguntó Emma, con la voz ligeramente temblorosa.

La sonrisa de Lauren se ensanchó. «Es muy sencillo, cariño. Puedes tener todo esto… los vestidos, el dinero, todo. Pero tienes que elegirme a MÍ antes que a tu padre».

Las palabras flotaban en el aire como veneno.

«Pero tienes que elegirme a

antes que a tu padre».

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