Se tomaba un sapo vivo y se colocaba su panza directamente sobre el área roja. No se lastimaba ni se abría. Solo se pasaba suavemente la panza del sapo por la zona afectada.
Tiempo de aplicación
Se hacía una vez al día, durante tres días seguidos. Nada más. No se combinaba con otros preparados al mismo tiempo.
La creencia era clara: el sapo “jalaba” el calor y la rojez, y ayudaba a que la piel empezara a bajar la inflamación. Si al tercer día la rojez no avanzaba, se decía que el remedio había funcionado.