Tres años después, una tarde gris, alguien llamó a mi puerta.
Era Valeria.
Se veía cansada.
—No sabía lo del dinero —dijo—. Perdí el trabajo. Los niños casi no vienen. Entendí demasiado tarde que tú eras el corazón del hogar.
La escuché con calma.
—Me obligaste a irme.
—Lo sé. Y lo siento.
Compartimos una taza de té bajo la lluvia. No hubo reproches, solo aceptación.
Lo que realmente me dejó mi hijo
Cuando se fue, no sentí triunfo. Solo serenidad.
Porque al final, mi hijo me dejó algo más grande que una herencia.
Me dejó la libertad de sostenerme por mí misma.
Y en esta pequeña casa, que no heredé en ladrillos sino en amor, paso mis días sabiendo que nadie volverá a expulsarme de mi propio valor.