Días después me pidió que me sentara.
—Creo que ya es hora de que te vayas.
Sentí que el suelo desaparecía.
—Invertí todo mi dinero en esta casa.
—Fue tu decisión —respondió—. Necesito estar sola con mis hijos.
A la mañana siguiente mis maletas estaban junto a la puerta. Ya había llamado un taxi.
No me despedí de mis nietos. Les dijo que iba a visitar a una amiga.
El refugio y la soledad
Terminé en un albergue para personas mayores. Limpio, ordenado, con olor a desinfectante y resignación.
Me ofrecí como voluntaria para todo. Doblar ropa, ordenar donaciones, ayudar a otros residentes. Al menos así no me sentía invisible.
Pero por dentro estaba rota.
El secreto que lo cambió todo
Una tarde lluviosa, un hombre preguntó por mí.
—Soy Andrés Vega. Trabajé con su hijo.
Sacó un sobre de su maletín.
Daniel había creado un fideicomiso a mi nombre. Una cuenta privada que nadie conocía. Había dejado instrucciones claras: asegurarse de que yo estuviera protegida.
—Quería que nunca dependiera de nadie —me explicó Andrés.
Las lágrimas nublaron mi vista. Daniel había pensado en mí incluso después de su partida.
Un nuevo comienzo
Semanas después me mudé a una pequeña casa en las afueras. Persiana blanca, porche y un jardín con hortensias.
Planté rosas. Horneé pan. Adopté un gato callejero al que llamé Tomás. Andrés se convirtió en un amigo cercano y respetuoso.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura.