Vender mi casa fue la decisión más difícil de mi vida. No estaba vendiendo paredes: estaba cerrando cuarenta años de historia.
Invertí casi todo el dinero en la casa de Daniel y Valeria. Reformamos la cocina, arreglamos el techo, ampliamos el patio. Daniel me aseguró:
—Estamos construyendo un hogar para todos.
Le creí, porque quería creerle.
Durante los primeros años, la convivencia fue tranquila. Cuidaba a los niños, cocinaba, lavaba ropa. Me bastaba con escuchar a mis nietos llamándome “abuela Elena”.
Las primeras grietas
Poco a poco, Valeria empezó a cambiar.
—Elena, no dejes platos en el fregadero.
—Elena, no les des tantos dulces.
—Elena, a Daniel no le gusta que dobles así sus camisas.
Al principio eran detalles. Después se volvieron miradas frías y comentarios punzantes.
Una tarde nos encontró bailando en la cocina. Los niños reían.
—Los estás malcriando —dijo con dureza—. La vida no es solo juegos.
Daniel, atrapado entre ambas, guardaba silencio.
El accidente
Un jueves de otoño sonó el teléfono. Un agente informó que Daniel había sufrido un accidente. Un camión invadió su carril.
Fue inmediato, dijeron.
El funeral fue una niebla de abrazos y frases repetidas. “Era un buen hombre”. “Amaba a su familia”.
Después de eso, Valeria se endureció. Se refugió en trámites y papeles. Una noche la escuché decir:
—No puedo seguir con ella aquí. Es un recordatorio constante de lo que perdí.