Ángela se quedó. No para reemplazar a nadie, sino para sumar su luz. Los chicos la quisieron de verdad. La casa empezó a tener risas otra vez.
Plantamos un rosal en el jardín. Era el símbolo de Elena, una forma simple de decir: no desapareció, solo cambió de lugar.
Y una tarde, Hugo me dio un dibujo: yo, Mateo y él… y entre nosotros una niña con alas.
“Es Elena”, me dijo.
Y yo lo abracé entendiendo que, aunque duela, el amor no se muere. Se transforma.
¿Qué aprendemos de esta historia?
A veces, cuando llega la tragedia, descubres quiénes están de verdad y quiénes solo estaban cuando todo era fácil. También aprendemos que pedir ayuda no es debilidad, pero que no podemos construir nuestra vida esperando la presencia de quienes siempre eligen irse.