Me llamo Javier Sánchez, tengo 36 años y vivo con mis tres hijos en un departamento chico, de esos que se sienten más estrechos cuando la vida aprieta. Vivo en un pueblo perdido, de los que aparecen en los mapas como un punto mínimo, con calles quietas y un silencio que parece agrandar las preocupaciones.
Yo digo que soy escritor, aunque la verdad es que muchas veces me siento como alguien que se está hundiendo y escribe para no desaparecer. Llevo años acumulando rechazos, manuscritos guardados, frases corregidas hasta el cansancio. Y mientras sueño con que alguien me lea, la realidad me recuerda que las cuentas no esperan.
Mis tres hijos son mi motor y mi peso, todo al mismo tiempo:
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Elena, con 8 años, ojos llenos de luz y esa manera de mirar el mundo como si todavía valiera la pena.
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Hugo, de 5, inquieto, pícaro, buscando siempre mi mano como si yo fuera su ancla.
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Mateo, de 3, una risa constante que a veces es lo único que sostiene la casa.
Clara se fue… y yo me quedé con todo
La madre de mis hijos, Clara, se marchó dos años atrás. No fue una salida silenciosa: dejó palabras que todavía me arden. Dijo que yo era pobre, que no podía mantener una familia, que mi fracaso la hundía. Y se fue.
Ese día entendí algo: hay abandonos que no se cierran con el tiempo, solo se aprenden a cargar. Desde entonces, mi vida se convirtió en un turno interminable:
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Desayunos rápidos y mochilas apuradas.
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Cole y guardería.
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Trabajo por encargo escribiendo lo que sea para sobrevivir.
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Noches intentando volver a mi novela, con el cuerpo roto y la mente cansada.
Mis padres: cerca del mar, lejos de nosotros