Cómo un único malentendido nos acercó más que nunca

Esa noche, se encontraron nuevamente juntos en la cocina.
Esta vez, se rieron. Hablaron de las peculiares costumbres que cada uno traía de la infancia: algunas tenían sentido y otras eran solo reflejos heredados.

Cascaron los huevos en la sartén sin enjuagarlos. Y el mundo no se acabó.

Lo que ambos aprendieron fue simple pero importante: las relaciones no se construyen con hábitos que encajan a la perfección. Se basan en la curiosidad en lugar de la actitud defensiva, la gratitud en lugar de la comparación y la disposición a abandonar las tradiciones que ya no sirven para el presente.

A veces, no se trata de los huevos en absoluto. Se trata de aprender a crear nuevos rituales juntos, rituales que pertenezcan a ambos, no solo al pasado.

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