Margaret, de 72 años, siempre fue una mujer activa. Se levantaba temprano, cuidaba su jardín y disfrutaba largas caminatas. Su energía era parte de su identidad.
Meses después de su segunda vacunación, comenzó a sentirse diferente. Dormía lo mismo, comía bien, se movía, pero el cansancio no desaparecía. No era agotamiento por esfuerzo, sino una fatiga profunda, persistente, como si el cuerpo funcionara con menos energía de la habitual.
Los análisis médicos no mostraban alteraciones claras. Sin embargo, ella sabía que algo no encajaba. Lo más difícil no era solo el cansancio físico, sino la sensación de haber perdido una parte de quien siempre fue.
2. Dificultades cognitivas leves y fluctuantes
Heinrich, de 68 años, siempre se destacó por su memoria y claridad mental. Pero con el tiempo empezó a notar pequeños olvidos: palabras que no salían, lecturas que necesitaban repetirse, momentos de confusión pasajera.
No era constante. Había días completamente normales y otros en los que sentía una especie de “niebla mental”. Esa irregularidad era lo más inquietante, porque no seguía un patrón claro.
El temor más grande no era el olvido en sí, sino la duda:
“¿Es normal o es algo más?”
3. Cambios en la respiración y el ritmo cardíaco