En la caja, inevitablemente surge la pregunta, casi automáticamente: “¿Quieres el recibo?”. Y muy a menudo, por reflejo o por preocupación ambiental, respondemos que no. Al fin y al cabo, ese papelito acaba arrugado en el fondo de la bolsa… Sin embargo, tras este gesto aparentemente inofensivo se esconde una realidad mucho menos inocente. Porque rechazar el recibo a veces puede significar perder dinero sin darte cuenta, en detrimento de tu presupuesto diario.
Un error en el precio y su presupuesto sufrirá las consecuencias.

Sin un recibo, es imposible comprobar con tranquilidad lo que realmente pagaste. Con uno, un simple vistazo antes de salir de la tienda te permite detectar el error de inmediato, sin discusiones innecesarias.